De espíritus libres a expresiones sublimes: “La chamana” de la “amargura” mexicana.
Por: Dafne Gallardo
Es característico de artistas incomprendidos y bohemios, que en su andar por el mundo, dejen huella. México, posee en su repertorio algunas de estas indómitas figuras, quienes ya sea por adopción patriótica o nacimiento, en su técnica logran capturar diestramente la emblemática cultura, su pasado nostálgico y extenso misticismo nacional.
Enfocándonos en la música, especialmente en el género popular y folclórico de la ranchera, uno de los personajes más distinguidos es la artista costarricense Chavela Vargas. Nacida el 17 de abril de 1919 y fallecida el 05 de agosto de 2012.
Para entender el impacto de esta gran figura, es preciso comprender quién era ella, situarnos en el contexto en el que vivía y analizar cómo es que retrataba su historia por medio de canciones. Sin duda alguna, su espíritu libre, su presencia, su ímpetu y su forma de interpretar, rompieron con los estereotípicos esquemas impuestos a la feminidad de su época y marcaron un parteaguas en la música ranchera, en tal punto que incluso hoy en día, su obra sigue estampando al pueblo mexicano, generación tras generación.
En 2017, las cineastas Catherine Gund y Daresha Kyl captaron en su producción estadounidense, la transformación cultural y la amplia gama de factores que moldearon la esencia irreprimible de Chavela. Tal como si se tratara de un viejo álbum de recuerdos, su documental se sirve de diversas imágenes y entrevistas para evocar la inmensa compilación de memorias archivadas de la artista. En la cinta, la interprete nos guía con sus canciones a través de las altas y bajas más sustanciales de su existencia, nos permite saborear los romances y recordar a las personas que tanto la inspiraron, así como el escabroso camino que recorrió para poder ser reconocida como uno de los íconos más grandes de la música ranchera.
Según nos narra en el documental, ella nunca fue una persona común, difícilmente encajaba en el estándar de normalidad típico en las niñas de su edad. La Dama del Poncho Rojo era soñadora, se escapaba de casa en busca de serenatas, así como para encontrar un mínimo chance de poder contemplar la luna. Comportamiento que posiblemente la llevó a estar siempre sola y con el paso del tiempo a sentirse triste y llena de coraje.
“Naces con esta herida de la vida o esta herida de la muerte”, menciona. Y sin duda lo transmitía. Le cantaba a las almas desoladas, “al final trágico del amor”. Sobre el escenario, resurgía de su pasado tormentoso para consolar con su arte a entes igual de lastimeros que ella.
Indudablemente, Chavela Vargas fue de los pocos artistas capaces de sanar el sufrimiento humano a través de la música. Quizá debido a que padeció en carne propia un sin número de rechazos, en su mayoría, por ser poseedora de cualidades que su sociedad contemporánea infinitas veces le censuró y enalteció. Después de todo, lo que tanto la diferenciaba fue lo mismo que la hizo grande.
Inmortalizar una época histórica es de por si tarea minuciosa, más aún cuando se profundiza con imparcialidad en temas naturalmente subjetivos, como el arte. Es digno de admiración que simultáneamente, se logre penetrar en la vida y obra de una de las ídolas más impetuosas de nuestro país. Las directoras Gund y Kyl, en su documental Chavela (2017), plasman y deshilan las fibras más íntimas de la historia de Chavela Vargas.
En exclusivos diálogos de tú a tú, nos conducen a una travesía repleta de los momentos más cruciales de su pasado, así cómo a la influencia que estos tuvieron en su tan desgarradora forma de interpretar. Vale la pena verlo, sentirlo, experimentarlo en carne propia, para entender la chamánica soltura con la que granjeaba y transmitía una posible cura para los almas rotas. Al fin y al cabo, no por nada “las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo” (Sabina y Urquijo, 1994).
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